Los más explotados por La Forestal
De La Forestal se suele hablar como si fuera un bloque único: "la empresa" contra "los trabajadores". Pero en el interior del feudo británico existía una estratificación social tan rígida como cualquier otra, con categorías que definían no sólo cuánto se ganaba, sino cuántos años de vida le quedaban a una persona.
Tres escalones, un solo feudo
En la cima de esa pirámide estaban los jerárquicos: gerentes, ingenieros, contadores, contratistas de capital británico. Según los historiadores David Quarin y César Ramírez, representaban apenas el 1% de la estructura laboral de la compañía.
Un escalón más abajo estaban los obreros de fábrica: los que operaban las calderas, las sierras, los procesos industriales del tanino ya instalados en los pueblos forestales. Tenían contrato directo con la empresa, vivían en los pueblos, y —dentro de todo— gozaban de una posición más visible, más "moderna", más cercana a lo que hoy conoceríamos como un “trabajo asalariado convencional”.
Y en la base, sosteniendo literalmente todo lo demás, estaba la clase obrajera.
El corazón del negocio, el margen de la historia
La palabra "obrajero" viene de "obraje": el sector de monte —propiedad de la empresa o cedido por el Estado— donde arrancaba todo el proceso. Antes de que hubiera tanino que extraer, tenía que haber un árbol tumbado que iniciara el ciclo del tanino.
Eran, por lejos, la mayoría de la fuerza de trabajo de La Forestal. Y eran, al mismo tiempo, los más pauperizados, los más marginales —tanto en términos laborales como en términos de memoria histórica. De los gerentes quedan cartas, balances, fotografías con nombre y apellido. De los obrajeros, en cambio, quedan pocas referencias directas: vidas anónimas, sufridas, en gran parte indocumentadas. Según cifras publicadas por esta misma revista, la expectativa de vida de un obrajero rondaba entre los 35 y los 45 años.
Su figura icónica era el hachero y era oficio mayoritario en el monte: el que tumbaba los quebrachos a fuerza de hacha y machete, acampando muchas veces en el propio monte, en condiciones precarias e insalubres.
Un oficio, muchas especializaciones
"Obrajero" era, en los hechos, un término paraguas. Dentro del obraje existía una división del trabajo estricta:
Hachero: tumbaba los árboles.
Labrador: donde había aserradero, cortaba los troncos en durmientes y vigas con sierras circulares a vapor —un trabajo de precisión, porque cualquier defecto se descontaba del sueldo.
Cortador: especializado en postes o en leña.
Boyero: entrenaba y cuidaba a los bueyes que tiraban las carretas.
Carrero: uno de los trabajos más pesados de todos —cargaba rollizos de hasta 2.500 kilos en carretas, por caminos que en época de lluvia se volvían casi intransitables, y aun así había que salir igual.
Guinchero: en las playas del ferrocarril, pasaba los troncos de la carreta a los vagones. Los guinches se operaban sin freno en las bajadas, lo que convertía el puesto en uno de los más peligrosos de toda la cadena.
Capataz: controlaba las tareas en la playa del ferrocarril.
Balancero: se encargaba de la fiscalización, limpieza y pesaje de los troncos.
El contratista: la pieza que blanqueaba a la empresa
Entre el obrajero y La Forestal había un intermediario clave: el contratista, encargado de reclutar trabajadores y mediar entre ellos y la compañía. El escritor Gastón Gori sostuvo que esta figura no era un accidente organizativo, sino una estrategia deliberada: le permitía a la empresa desligarse, ante los poderes públicos y la opinión general, de cualquier responsabilidad directa por la explotación que se ejercía en los obrajes. Es, dicho en términos actuales, uno de los primeros ejemplos documentados de tercerización laboral en la región.
Eso no convertía al contratista en un aliado del obrajero. Todo lo contrario: como ejecutor directo de la empresa, cargaba con la misma responsabilidad en la explotación, y muchas veces aprovechaba su posición para sacar ventajas propias, incluso a costa de la propia Forestal. Por encima de los contratistas, los "mayordomos" cumplían una función de vigilancia, como una policía interna de la compañía.
Una historia que todavía falta escribir
De los gerentes ingleses, de los grandes números de exportación, de las huelgas y la masacre ya se ha escrito bastante. De la vida cotidiana del hachero, del carrero, del guinchero —de los nombres propios detrás de esas categorías— queda mucho menos. No es casualidad: son, por definición, las vidas que el propio sistema productivo de La Forestal volvió más difíciles de rastrear. Reconstruir quiénes eran, cómo vivían y cuántos años lograban vivir es, todavía hoy, una tarea pendiente.
Luciano Sánchez-Morzán.
QUARÍN, David, RAMÍREZ César. Los trabajadores de La Forestal. Edicion 4.
JASINSKI, Alejandro. Revuelta Obrera y Masacre en La Forestal. 2013.
SÁNCHEZ, Luciano. La Forestal recorre el norte. Revista Añamembui. 2016
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