Ana, el nombre que un pueblo hizo suyo
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En la historia de Villa Ana, el nombre propio nació ligado a la explotación del Quebracho Colorado. En 1909 Lorenzo Gûller, por cuenta de La Forestal, incursionó en la zona que por ese entonces se llamaba Campo Redondo, en busca de agua potable para instalar una fábrica de tanino.
Según la historiadora Ana María Galibert, las obras empezaron el 9 de julio de 1910 y once meses después, en mayo de 1911, la fábrica comenzó a funcionar.
Pero detrás de esa fachada industrial había una historia mucho más íntima: el nombre Villa Ana responde al nombre de Ana Walter, esposa de uno de los empresarios fundadores, Alberto Harteneck.
En ese principio, el nombre tenía un rostro único y una historia privada que marcaba una presencia. Sin embargo, los nombres propios poseen una vida secreta que escapa a la voluntad de quienes los imponen. En La invención de lo cotidiano, Michel de Certeau analiza cómo los nombres de los lugares operan como "monumentos insólitos" del pasado que, con el fluir del tiempo, sufren un proceso de erosión y olvido.
El nombre se va vaciando de su sentido literal y originario.
Ese vaciado no es una pérdida, sino una liberación. Al quedar despojado de su dueña original, el nombre "Ana" se transforma en lo que De Certeau llama una "metáfora flotante": una palabra seca, simple y disponible que la propia comunidad empieza a habitar. Los habitantes, a través del caminar diario, de sus relatos y de sus vivencias, vuelven a llenar ese vacío con su propia sustancia. El nombre muta de escala: ya no pertenece a la biografía de una sola mujer lejana, sino que se convierte en el pronombre colectivo de todo un pueblo.
Esa mutación se puso a prueba cuando el nombre privado quedó atrapado en algo mucho más grande que su fundador: cuando La Forestal cerró y el tanino dejó de correr, el apellido de los dueños se apagó con las máquinas. Lo que sobrevivió no fue el recuerdo de una dinastía industrial, sino el eco anónimo de una palabra que hoy nombra al paisaje y a la gente que se quedó parada sobre sus ruinas.
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Porque acá nada se corta solo. El nombre sigue amarrado al quebracho colorado, a la inmensidad boscosa, a la huella de la fábrica caída: no son datos de un pasado archivado, son la matriz que sigue definiendo el carácter del lugar. Cada generación reinventa qué significa habitar Villa Ana, pero ninguna puede desprenderse del todo de ese suelo original. El futuro, acá, no es una hoja en blanco. Es la continuidad de una raíz que sigue nutriendo lo que se pisa.
Marc Bloch decía que la historia es la ciencia de los hombres en el tiempo. Y agregaba algo clave: el pasado no está muerto ni congelado, está vivo porque cada época lo interroga desde sus propias urgencias y búsqueda de destino. Nosotros también le hacemos preguntas a Ana —al nombre, al pueblo, a la fábrica caída— desde este presente. Y esas preguntas, tarde o temprano, terminan siendo la forma que tenemos de entendernos a nosotros mismos.
Luciano Sánchez-Morzán*
Foto 1: Festejos 25 de mayo de 1917. Carrera de sortijas, calle lateral de la Plaza San Martín (Villa Ana-Sta. Fe).
Foto 2: Calle que da ingreso a la fábrica. Izquierda casa de Lorenzo Gûller y a la derecha la "Casa de visitas" (Villa Ana-Sta. Fe).
Fotografias: Perteneciente a familiares de Lorenzo Gûller y publicado en el libro Lorenzo Gûller: la mirada de un inmigrante fotógrafo. Autores: Leila Makarius. Gustavo Toranzo.
Bibliografìa consultada:
GALIBERT, Ana María. Historia de Villa Ana.
AUTORES VARIOS, Voces y recuerdos de Villa Ana (EEMPA Nº 1282).
BLOCH, Marc. Apología de la Historia.
DE CERTEAU, Michel. La invención de lo cotidiano. 1979
* Licenciado de Historia. Docente e historiador del norte de Santa Fe. Director de la revista y el blog Añamembui.


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